Entonces comenzó a sentir que su cuerpo era capaz de flotar inmerso en la humedad, imaginaba el latir arrítmico de su corazón, los movimientos sinuosos que materializaba su cuerpo, su bracear cada vez más lento y armónico, sus pies que con el transcurrir del tiempo retornaban a su estado inerte de aletas, en soplos era capaz de sacudir la cabeza de un lado a otro y entonces volvía a la superficie ceñida de un infinito haz de luz; salía a flote y respiraba hondo muy hondo.
La corriente la había llevado a un nuevo lugar.
Abrió los ojos, y aunque lo dudara el cielo seguía ahí, con su misma serenidad de siempre acompañado de una complaciente brisa.
Todos estaban lejos y el agua se desvanecía en medio del silencio.Y de nuevo se observo sola, tumbada en la impenetrabilidad de la discreción, nadie conocía su paradero y por tanto nadie podría buscarla. Pero eso no tenía la más mínima importancia porque ya no necesitaba que nadie la encontrara porque ella ya lo había hecho.
Y solo entonces fue capaz de sonreír.