
El camino a casa parecía mas largo e incomodo de lo que solía ser, el taxi ya había pasado la avenida principal, ahora solo quedaban esos paseos desiertos donde solo se era capaz de observar hogares sin luz donde familias, amantes, amigos y solitarios pasaban sus noches. Noches felices o tristes, veladas que nadie conocía más que sus propios habitantes. Pero en el camino siempre existía una excepción, alguna habitación donde la luz irradiaba como símbolo de oposición.
- Porque hundirse en la obscuridad cuando se puede ser incomparable – dijo ella pensando en voz alta
Todo el camino habían permanecido en silencio cada uno en su propio asiento vigilando como los vidrios se empañaban por el invierno riguroso de aquella época. Ella no paraba de observar aquella oscuridad incomparable mientras que el pensaba en la ridícula soledad que los separaba.

El departamento de ella se acercaba y el tiempo pasaba mas rápido mientras mas cerca se encontraban, un tiempo que ella se había empeñado a detener para dejarse de sentir extraña en aquel lugar donde su piel se secaba con el frio, donde día con día se mantenía incompleta, ese tiempo donde la soledad permanecía intacta. Podría haberse alejado de el hace mucho tiempo pero a estas alturas y después de tanto ajetreo lo único que tenia claro era de lo mucho que dependía de aquel individuo, de la innegable obstinación con que se había aferrado a el con esa terquedad con que uno se ata a las cosas que lo perjudican.
No podía dejar de pensar que si algo debía ocurrir tenia que ser en este preciso instante, en ese taxi, ahora.
- Quédese con el cambio
Salió del automóvil mientras el perplejo se mantenía en el taxi esperando a que ella cerrara de una vez por todas la puerta.
- Ven
Como un pequeño niño, obedeció. Entonces el taxi tomo su rumbo a una dirección desconocida lo mismo que ellos se aproximaban a hacer, buscar una nueva razón para despertar mañana.